Fue una llamada telefónica ordinaria a mi Madre, en la cual recibí una mala noticia incluida:
- “Tu tío Mago falleció…”
Era el mes de mayo. Se terminaba un semestre más en la Universidad, y de una buena vez, la carrera universitaria, que me mantuvo atado a Mexicali los últimos siete años. Ya tenía los planes listos para regresar al hogar familiar, con certificado en mano.
La mala noticia me llevo a la reflexión, era muy alto el precio de haber salido de casa y mantenerme lejos. Era un alto costo el perder a un ser tan cercano, el no volver a verle y resignarse a solo tenerlo en el recuerdo. Me vino a la mente sus bromas, su voz. El vacío que queda, de no poder agradecerle esa cortesía tan grande de mantener su casa abierta siempre para mí. El gran detalle de siempre compartir su mesa.
Verdaderamente fue un momento muy amargo para mí. Pero no podía hacer nada. Ya había pasado. Estaba lejos y como buen estudiante, sin recursos para viajar inmediatamente. La frustración también se hizo presente.
Recuerdo que pensé mucho en mis tíos, sus hijos. “Los Corona”, más bien mis hermanos. El pensar en cómo estarían, la reacción de cada uno de ellos, con sus ideas y caracteres tan diferentes. Pero cometí un error muy grande, no paso por mi cabeza el sentir de mi tía. La esposa, esa su compañera por tantos años. Ahora su viuda. Son de esos equívocos involuntarios, seguramente por inmadurez.
No me entere de los detalles del acontecimiento, ni quise hacerlo. La escuela terminaba, pero el trabajo era demandante y abundante también en el restaurant Chalet. Tenía tantas cosas agolpadas dentro de mí, que mi comportamiento se alteró y un mes después me enviaban a descanso obligatorio por veinte días. Aproveché el regalo y viajé de regreso a casa.
Un viaje en autobús de más de 3000 kilómetros, no es una empresa fácil. Pero cuando no se tienen suficientes recursos, no hay alternativa. De la Central Camionera del Norte, pedí un taxi y creí prudente llegar primero a la casa del tío fallecido.
Me recibió el hijo mayor, era una mañana fría y semi-nublada. Platicábamos abiertamente en la pequeña sala de la casa, mientras esperaba a que mi tía saliera de su recamara.
Cuando apareció ya venía con el llanto ahogado a saludarme. De esos llantos generados por un dolor genuino. Nos abrazamos y nos contagiamos de dolor y lágrimas. La luz del sol entro despacito por la ventana, un silencio largo se hizo presente también. El hijo mayor nos observaba y no, con la cabeza baja. No hubo palabras por largo rato. No había nada que decir. Creo que nunca hasta entonces había experimentado una pérdida tan grande. Logramos controlar nuestro dolor y ya sentados, de su propia voz, me entere de todos los detalles. Lo sentí como un desahogo se podía tocar esa necesidad de sacar en palabras la desolación de su experiencia. Yo simplemente escuché. Estaba mudo. Dolido. Sorprendido. Triste.
Después vino la calma y ya más resignados me despedí para poder llegar con mis padres. Había terminado ya esa desolación y ansiedad de un mes atrás. La fiesta de nuestra parroquia se hacía presente por los juegos de la feria en las calles. La vida continuaba. Por el camino encontré y salude a varias personas que conozco desde niño y pensé en la fragilidad del ser humano. Creo que estas experiencias nos ayudan a ser más sensibles con nuestros semejantes. Mientras, me asaltaba un recuerdo de mi tío, caminando por esta calle, con un costal al hombro como lo hacía a diario, alrededor de las tres de la tarde.